BuelnaCOMO LLEGAR

Bajando de la sierra plana de la Borbolla hacia el mar, la mirada se queda prendida en la esbelta torre-campanario de la capilla bajo la advocación de Santa Marina de Buelna.

A poco que nos fijemos comprobaremos que a este pueblo de la parroquia de Pendueles, de casas tradicionales de piedra y madera, con los segundos pisos abiertos en solana y constelados de flores de colores luminosos, todo se le ha dado por partida doble.

Así, no solo atesora el templo de Santa Marina, sino que también guarda otra capilla, la de la antigua rectoral, e incluso una de ánimas, una suerte de pequeño altar en el que se ve un Pantocrátor con Jesús en Majestad y abajo la Virgen; apareciendo también ánimas, que liberadas de las penas del purgatorio, suben al cielo.

Además, conserva una segunda torre-campanario de sección cuadrada, hoy casa del Concejo, que podría ser de origen románico, en la que con tiempo y paciencia se columbra en la clave de uno de sus arcos de la parte superior la representación de un guerrero, en cuyo pecho se adivina un enorme corazón del estilo al conocido como “elefante enamorado” de la cueva del Pindal, que como el rupestre pide una fábula.

Tampoco, le faltan casas blasonadas, como la que se encuentra a la entrada o el que fue palacio del conde del Valle de Pendueles, que datan en el siglo XVIII , y que se alza en lo alto de una finca cerrada por muros de piedra, con la portada encubierta bajo un pórtico de dos arcos y acceso a través de un grandioso portón con blasón.

Y si todo lo anterior ya hacen de Buelna uno de los pueblos más bonitos y atrayentes de Llanes, sus playas, también en número de dos, destacan por ser de las más singulares del Concejo.Hacia el occidente, “las Arenillas”, con su espectacular pináculo calcáreo en la salida al mar que, por asemejarse a nuestra tradicional montera, conocemos como peña Picona. Y al oriente, escondida en un entorno espectacular, una dolina que se comunica con el agua a través de una cueva y sujeta al vaivén de las mareas. Se trata de Cobijero que junto a Gulpiyuri son las dos playas interiores del Concejo, que al primer golpe de vista parecen de mentira y luego de juguete, y que según la leyenda fueron un regalo del dios Neptuno a la diosa Turbina.

No puedo acabar este paseo por Buelna sin contarles que cada vez que me acerco a nuestras playas tierra adentro, en las que el monte no se puede precipitar más al mar, me entran ganas de que solo se pudieran ver de lejos o a través de un cristal, para salvarlas del inminente peligro de que se conviertan en un parque temático.

Y sé que no hago bien escribiendo de ellas.

Maiche Perela Beaumont

Fotografías, Valentín Orejas

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