La Borbolla:COMO LLEGAR

De cría iba a LA Borbolla a visitar a Josefina, una jarota a la que mi madre tenía en gran estima, por eso cuando me acerco a ese lugar, que siempre me pareció como sacado de un cuento, de alguna manera vuelvo a ser niña.

Es familiar para mí el paseo de plátanos que da acceso a este pueblo enclavado en la sierra del Cuera y atravesado por el río Cabra, y recuerdo haber asistido en más de una ocasión a la fiesta de La Sacramental y el Sagrado Corazón, por lo que conozco su iglesia de nave única rectangular, capillas laterales y pórticos, bajo la advocación de San Sebastián, que al igual que la escuela fueron donadas por D. Juan González Ahedo, emigrante en Sevilla, según consta en una inscripción de 1735. Y quien también fue benefactor de Llanes, ya que en su testamento, que otorgó en aquella ciudad andaluza, legó al convento de las agustinas de la Villa una importante cantidad de dinero con la única carga de que la comunidad rezase una salve diariamente a favor de su alma.

Tampoco se me ha olvidado que paseábamos hasta el barrio del Práu, en el que llamaba y sigue llamando la atención una magnifica casona propiedad de la familia Blanco, emigrantes a México, donde fueron propietarios de Telas y Almacenes Blanco.

Sin embargo, nunca me había aventurado a ir al nacimiento del Cabra, río que a pesar de ser tan corto, aproximadamente cinco kilómetros, alimentó una decena de molinos, que separa administrativamente a los concejos de Llanes y Ribadedeva y que desemboca en la playa de La Franca.

Así, en un día gris, como envuelto en sí mismo, nos internamos en un tupido bosque de alisos y castaños que cada vez se volvía más umbrío y misterioso. Tras ir perdiendo altura, apareció el río y el primero de los molinos, totalmente restaurado, y siguiendo una estrecha senda fluvial, con saltos de agua y pequeñas cascadas, tan blancas como las enaguas de los trajes de aldeana, encontramos otros dos molinos, estos en ruinas. Después de atravesar un puente alcanzamos la cueva donde nace el Cabra, en la cual una placa recoge la siguiente frase: «No os toméis la vida demasiado en serio, de todas maneras no saldréis vivos de ella».

Pero no fue la invitación a esa reflexión lo que dominó mis pensamientos a la vuelta, si no la sensación de agua, de bosque, de siglos y de silencio.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía, Valentín Orejas

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