Purón en dos visitasCOMO LLEGAR

1 visita

Más de una vez, creo que en dos ocasiones, me acerqué al nacimiento del Purón, ese río corto, pero caudaloso, de aguas tan transparentes como el cristal, que se desliza entre castaños, avellanos, alisos, robles y acebos.

Sin embargo, nunca había visitado el núcleo rural que atraviesa y lleva su nombre. Así que, a la menor oportunidad, nos adentramos por esa carretera sinuosa que pegada al río llega al pueblo de Purón, en el que lo primero que llama la atención son sus bonitas casas, tanto tradicionales como indianas, dispersas por la ladera, y la abundancia de tejos, presentes hasta en los cierres de las fincas. No faltando estos árboles, que representan la atemporalidad, alrededor de la Iglesia, que al lado del pequeño cementerio y bajo la advocación de San Miguel, se encuentra en lo alto de un cerro. En la misma nos sorprendió una grabación en piedra, datada en el año 1779, que recoge literalmente:”Esta Yglesia está asignada para asilo y immunidad por derecho”. Creo que nunca había visto al natural una inscripción del asilo “en sagrado”. Intentando recordar lo que en su día estudié de aquella suerte de costumbre y privilegio consistente en que no se podía perseguir a las personas que pedían protección en una iglesia o monasterio, descendimos hasta la escuela, que también cuenta con una inscripción, en la que se agradece la ayuda que brindó a esa parroquia Doña Vicenta Merodio Sordo, emigrante en México, como tantos otros vecinos de Purón y del Concejo que viajaron a ese país en el siglo XIX para hacer fortuna.

Después, entre golondrinas que, al tiempo que azuleaban y alegraban el aire, volaban como si el cielo tuviera rectas, curvas e incluso rotondas, seguimos bajando hasta que, tomando un desvío a la derecha, llegamos al “cuevu”, el barrio de la muy afable, afectuosa y comunicativa Carmina, muy popular en todo el Concejo por haber sido durante años una destacada y entrañable corresponsal del desaparecido semanario El Oriente de Asturias.

Carmina, que vive en una casa encantadora, con fachada y corredor florecidos de geranios de todos los colores y la cocina más graciosa que he visto en mi vida, nos contó, además de que está escribiendo un libro sobre su “pueblín de ensueñu”, que Purón, allá por el siglo XVIII, se llamaba “Allende de las Tablas” y que en sus parajes llevaban a invernar el ganado de la marina.

Tras despedirnos, no dirigimos a la plaza, donde pudimos ver otra inscripción, que reza: “¡Atención! Quien beba de esta fuente se casa en Purón”.

De vuelta a la Villa, no dejé de pensar en el peso que tienen las palabras inscritas sobre piedra y, aunque en menor medida, también las pintadas en un simple azulejo, como estas últimas de la fuente de Purón.

2 visita

Y como no me gusta dejar nada sin acabar -aunque a veces me pregunto si hay algo verdaderamente terminado en este mundo-, nos aventuramos de nuevo por la estrecha y frondosa carretera que va remontando el río y en la que, tras una curva, el valle se abre de repente y los ojos no saben si prenderse en el paisaje o en las casonas de indianos que jalonan ese pequeño pueblo disperso por la colina.

Y entre aquellas mansiones, que en los años 20 se construyeron entre cuadras y difíciles caminos de este lugar que apenas alcanza los 40 habitantes, pero tan aferrado a la Naturaleza como a su supervivencia, sobresale, como levantada en un podio, con su desmesurada torre y tonos amarillos, “Villa Antolín”, y casi enfrente se alza una suerte de chalet vasco.

Más adelante, subiendo hacia el cementerio, sobre una gran finca con vistas al valle, se halla “La Zorera de Arriba”, construida por el que dicen fue el indiano más rico de Purón, al que llamaban el rey de la sal, y cuyas hijas, según recuerda algún lugareño, eran de una extraordinaria belleza; y junto a las escuelas, Vista Alegre, en perfecto estado de revista, con su porche cerrado y ventanas de arco.

Y, antes de llegar a la parte más baja de Purón, justamente dónde en la otra visita habíamos dado la vuelta, nos topamos con un vecino que construía un hórreo en miniatura al que no le faltaba detalle, y charlando con él nos enteramos, además de que era el alcalde, de la lucha que los habitantes del pueblo mantienen con el Ayuntamiento y el Principado con el fin de que arreglen la carretera que lleva hasta al pueblo, tan estrecha y desnivelada, consecuencia de una obra anterior, y sin cunetas, que impide que en algunos tramos se puedan cruzar dos coches.

Siguiendo las indicaciones del comunicativo alcalde continuamos nuestro camino y no encontramos con la conocida como “La Casona de Purón”, construida para sus hermanas por León Álvarez, que emigró a México e hizo fortuna regentando una casa de empeños, y en la que destacan sus recercados azul ultramarino y una galería de madera que, orientada al sur, se apoya en dos columnas precedidas de una pequeña escalinata.

Y, tal como nos habían informado, al final un molino, el único que queda en el pueblo, y aguas arriba, frente a una pequeña cascada que trenzaba el arroyo, pensé que era una lástima que en la actualidad Purón no tuviera un indiano, ya que, sin duda, él si resolvería los problemas de la carretera

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas


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