Los Carriles COMO LLEGAR

Dejando atrás al ejemplar pueblo de Rales, con sus casas de indianos, como la de la entrada, donde se instaló en su día el comercio “La gran vía”, o la de Don Gregorio a la salida, con sus blancas galerías a tres vientos; subimos por esa carretera llena de curvas, escoltada por grandes abedules, castaños, pinos y eucaliptos, y desde la cual sorprendentemente se ven Cué y su iglesia.

Y tras una curva, y columbrar Los Picos de Europa, que me imagino centellaran de blanco, te das cuenta de que todas nuestras sierras planas, esas lomas altas largas y llanas, son miradores abiertos a los vientos, a las montañas y al mar.

Una vez aparcado junto al área recreativa, los ojos se pierden entre los montes, se cuelgan de las peñas, cumbres, agujas y picos, hasta que se detienen en el más altivo y arrogante, el Urriellu, aunque Torrecerredo sea más alto, aunque Peña Santa sea más grandiosa, y ante tal visión, ademas de sentir “el hechizo”, te percatas de que todo lo que podemos hacer es pequeño.

Y ya a pie, entre vacas que están a lo suyo, que es pastar, incluido un rebaño de charolesas que por su color hacen juego con la nieve de los Picos, alguna garza real inmóvil, como una suerte de escultura, y florecidos narcisos silvestres del color del sol, se llega a la Iglesia con los recercos en rojo y sus mayestáticos robles. En ella, durante el mes de agosto, se celebra a su patrono, San Julián, y en su día grande no falta el ramu, la procesión, la misa solemne y una espectacular subida al Pico Benzúa.

Después, entre prados, que a estas alturas me figuro de un verde incontenible y constelados de margaritas, y con la mirada en alegres caseríos del Valle de San Jorge, se desciende al núcleo más importante de los Carriles, en el que recuerdo haber visto en el pasado mes multitud de golondrinas volando como si el cielo tuviera esquinas.

Maiche Perela Beaumont

Imágenes, Valentín Orejas

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