En el corazón del valle de Ardisana, al pie de la falda sur del Benzúa y dividido por el rio Tejo, se encuentra el pueblo que más hórreos atesora del Concejo, Riocaliente.

Así, levantándose hacia el cielo, como distribuidos a capricho, contiguo a un molino abandonado, al borde de la carretera, escalonados en un barrio alto, apretados entre las casas, agrupados en la plaza, y exhibiendo en temporada doradas mazorcas, perduran, mimados por los vecinos, estos ejemplos del práctico y perfecto diseño de la arquitectura rural asturiana.

Pero Riocaliente, que forma parte de esa cada vez más popular senda que sigue los pasos de unos curiosos seres mitológicos que invitan a respetar la Naturaleza, no solo guarda hórreos, sino que contrastan y coexisten junto a ellos casas de indianos fruto de la emigración a América de estas tierras.

Entre ellas, nada más pasar el puente, la “Casa del Río”, construida por Pedro Turanzas Vega, indiano de México, pintada de un rosa pálido, con coquetos miradores y un cuidado jardín en el que se alzan palmeras y plataneras.

Casi enfrente destaca “El Entregual”, que significa entre aguas, de estilo clasicista y con una esplendida galería acristalada sostenida por pequeñas columnas. Dicha casa la edificó José Bulnes Villanueva, que había sido reclamado por sus primos Antonio y Canuto, quienes a su vez fueron llamados a México por su tío, José Antonio Bulnes González, para que lo ayudaran en un pequeño comercio que abrió en la frontera entre Tabasco y Chapas, después de casarse con una rica heredera, fallecida al poco tiempo. Posteriormente, se acabaron dedicando a la explotación maderera, especialmente de caoba y cedro, y estimando que era necesario establecer medios adecuados para el transporte y almacenaje de las maderas preciosas crearon una linea de vapores fluviales, llegando a comprar para tal propósito nada menos que un rio, el Jataté y un desierto, el de la soledad.

También, otro Bulnes, Manuel, sobrino del propietario de “El Entregual” , reformó la propiedad de la familia de su esposa, tras su vuelta de ultramar, conocida como “la Casa de la Huerta”, porque en su gran finca se cultivaban toda clase de legumbres.

Y no terminan las sorpresas de Riocaliente, en un lugar idílico, con una terraza a la sombra sobre el río, se encuentra una cervecería que dispone de una carta de cervezas, incluidas todas las artesanales de Asturias, que para sí la querrían las de más de renombre de cualquier capital, en la que atienden, con entrega y siempre con algo que contar, Blanca y Antonio.

Fotografía, Valentín Orejas


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