A veces no hay que alejarse mucho de casa para viajar, solo se precisa curiosidad y ponerle ganas.

Esa fue la idea que me vino a la cabeza cuando nos encaminamos a un lugar a la misma distancia, poco más de 2 kilómetros, de la costa que de la sierra del Cuera, sembrado de cuetos y dolinas, desde cuyos barrios altos se divisa el mar, que fue premio Príncipe de Asturias y Pueblo Cultural de Europa, y que como habrán adivinado no es otro que Porrúa.

Nada más llegar, en la parte baja, se encuentra lo que llaman “campu de San Julián”, a cuyo santo, junto a Santa Basilisa, está consagrada la Iglesia, que también atesora imágenes de San Justo y San Pastor, los santos niños, a los que dedican los porruanos su fiesta más popular.

Frente a la Iglesia, la bolera de bolo palma, la escuela, la casa de Concejo y el casino-biblioteca, y detrás el Museo Etnográfico, uno de los “milagros” de la ejemplar Asociación Cultural Llacín.

Y la sensación de estar de viaje se hace más fuerte, sobre todo al enterarte de que la bolera es la única completamente cubierta de Asturias, y que en el Museo, además de edificios tradicionales, tienda y sala de exposiciones, donde, durante todo el mes de septiembre, se exhiben cuadros de la pintora que ilustra este artículo, se alza un enorme aguacate traído de México en 1906. ¡Ojalá hablará!.

Así, se te ocurre que no es necesario ir por ejemplo hasta Reno, Nevada, para ver una bolera especial, y tampoco a Hawaii para disfrutar de los aguacates más altos.

Partiendo de la plaza, el lavadero, el bebedero, la fuente Vallina, el parque, el kiosko, y en la parte alta una construcción indiana, a la que llaman el Castillo por su torre almenada, te cuentan que Porrúa está ligada por la emigración a Cuba, México y Venezuela.

Y rodeando al pueblo, en las faldas del Cuera, una zona boscosa de todos los verdes, conocida como Mañanga, rebosante de encinas, robles y castaños, y salpicada de cabañas, algunas en desuso y otras utilizadas en temporada, donde solo se escuchan los cánticos de los pájaros y los cencerros, nos recuerda que un tercio del territorio del Principado está cubierto de bosques y en una gran mayoría son autóctonos y bien conservados.

También, es famoso Porrúa por un queso, al que da su nombre, igual que lo hacen, entre muchos, Cabrales, los Gamoneos, Gouda, Camenbert o Mahón, fresco y curado, de leche de vaca, aunque entre los meses de abril y agosto añaden de oveja y cabra, semiblando y cremoso, suave y un pelín ácido, y de un amarillo pálido como el color de su iglesia.

Y por si lo anterior fuera poco, celebra, el cuarto fin de semana de agosto, un “Mercáu” de productos tradicionales, con puestos de comida y de artesanos, música y músicos improvisados, bailes, malabares, brujas, gigantes,cabezudos, cuenta cuentos, que te traslada, sin necesidad de volar a Marrakech, a la indescriptible plaza de la Jamaa el Fna.

Por último, no puedo terminar este viaje sin referir que las reivindicaciones de los porruanos, sobre todo por los terrenos comunales y pastos de verano, al haberse dedicado básicamente al ganado, marcaron su historia, personalidad y sistema organizativo, siendo su institución principal el Concejo Público, que aún conservan.

Y tampoco puedo dejar de mencionar a la Banda de Gaitas Llacín, de la que nos sentimos orgullosos en todo el Oriente, y, también, que Porrúa da nombre a la vestimenta tradicional masculina de la zona: el traje de porruano.

Cuadro Autor, Alejandra García Mallen


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